– Lo que importa es que seas feliz -comentó Lyall con ligereza.

– Exactamente -dijo, aliviada de que él no insistiera.

– ¿Lo eres?

– ¿El qué?

– Feliz.

– Sí, gracias -repitió con los dientes apretados. ¡Lyall se creía que había estado triste todos aquellos años!-. Soy muy feliz, tremendamente feliz de hecho.

– ¿Aparte del hecho de que tu empresa esté al borde de la ruina? -quiso saber Lyall, con un tono de burla en la voz.

– Estaba pensando en lo personal, más que en lo profesional -contestó Jane con una mirada fría.

– Entonces, ¿por qué no te has casado? En el pub se dice que estás saliendo con un abogado de Starbridge llamado Eric o algo así.

– Alan -corrigió Jane.

Lyall la miró.

– ¿Por eso eres tan tremendamente feliz?

– Es una de las razones -aclaró, sin ser enteramente sincera. De todas maneras, no dolería a Lyall saber que había muchos hombres que la habían hecho mucho más feliz de lo que él la hizo nunca.

– ¿Por qué no te casas entonces con él, si sois tan felices juntos?

– Eso no es asunto tuyo -dijo, intentando parecer tranquila.

– ¿Todavía demasiado miedosa como para comprometerte? -preguntó, y Jane se puso rígida.

– ¡Tiene gracia que eso me lo digas tú a mí!

– Yo elegí no comprometerme -apuntó Lyall-. Y no hago creer que alguna vez lo haré. Tú, por el contrario, sueles hablar mucho sobre compromiso, pero cuando llega el momento no quieres dar el paso, ¿no es así?

La cara de Jane se oscureció al recordar que no se había ido con él cuando él se lo había pedido. ¿Había de verdad olvidado a Judith y la terrible discusión que tuvieron antes de que se fuera?

– Tengo mis razones -le recordó.

– Sí. El problema es que son equivocadas.



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