Lyall… ¿Nunca iba a deshacerse de él? Jane se enojó consigo misma y rodeó un grupo de rosas para cortar alguna. Esa especie era la preferida de la señorita Partridge. Jane enterró la nariz en las rosas de color rosa fuerte para hacer que desapareciera cualquier recuerdo no deseado entre su olor exquisito.

– Hola, Jane.

Jane, con la cara todavía entre las rosas, se quedó helada. La voz era muy parecida a la de Lyall, como si su recuerdo hacia él hubiera atraído su presencia. Pero no podía ser, era ridículo; la atmósfera cargada la hacía imaginar cosas así. No escuchaba esa voz profunda y tranquila desde hacía diez años, y llevaba intentando olvidarlo hacía nueve, desde que pensó que no volvería a verlo.

– ¿Jane?

Jane alzó la cabeza despacio. No era Lyall, se aseguró, antes de volver la cabeza y cerrar los ojos precipitadamente ante la sensación de vértigo. Era como si se borrara el tiempo de un golpe y los últimos diez años desaparecieran.

Lyall Harding, el hombre que una vez irrumpió en su vida, dando la vuelta a todo. El hombre que le había enseñado a reír y a amar, el hombre cuya sonrisa había hechizado sus sueños desde que un septiembre gris de hacía diez años, desapareciera de su vida. ¿Cómo es que podía estar parado en medio del camino con el mismo aspecto?

Jane cerró y abrió los ojos varias veces, sin embargo, él seguía allí, todavía con el mismo aspecto. Con el mismo brillo alegre en sus ojos azul oscuro, la misma boca expresiva, el mismo aire de energía contenida.

– ¿Me recuerdas? -preguntó Lyall, esbozando una sonrisa irresistible.

¿Que si lo recordaba? ¿Cómo podría olvidar su primer, su único amor? ¿Cuántas veces había deseado poder hacerlo? Jane se sintió perpleja, desorientada; entre el pánico, la furia y la desesperación. Emocionada a pesar de todos esos años de haber estado diciéndose que no le importaba, que no lo recordaba, y que no quería volver a verlo aunque regresara.



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