
– Hola, Lyall -acertó a decir, odiándose por que su voz pareciera la de la misma adolescente de hacía diez años.
– Entonces, ¿te acuerdas de mí? -la burla que siempre la había turbado seguía en sus ojos-. Estaba empezando a pensar que ibas a ignorarme por completo.
– No te esperaba -contestó ella. Llevaba en las manos unas tijeras de podar y en la otra un ramo de rosas, y sus ojos grises estaban abiertos por la sorpresa.
– Te reconocí inmediatamente -dijo el hombre-. Te he visto de pie, con la cabeza inclinada para oler las rosas y los ojos cerrados. Es justo como te recordaba -añadió con un tono extraño-. No has cambiado nada.
Jane respiró hondo y se recordó a sí misma que ya no era una adolescente. Ella ahora era prudente y práctica.
– Sí, he cambiado -dijo, aliviada al escucharse el tono tranquilo-. He cambiado mucho. Ya no tengo diecinueve años.
– No lo parece -aseguró él-. Tu pelo sigue teniendo el mismo color suave de la miel oscura, tus ojos tienen todavía el gris más claro… y sigues enfadándote cuando te pillan por sorpresa.
Jane lo miró con resentimiento. La presencia de Lyall era tan impresionante que casi nadie se daba cuenta que no era tan guapo como parecía al principio.
Su cara era muy delgada y su nariz demasiado grande, pero tenía un encanto especial que gustaba a las personas y era lo que recordaban de él. Ella lo sabía bien. Había estado intentando olvidarlo diez años.
– No parece que tú hayas cambiado tampoco -declaró secamente-. Tienes el mismo aspecto.
– Antes me daba resultado -le recordó.
Y así había sido. La muchacha se ruborizó al recordar cómo había sucumbido a su encanto. Jane había odiado siempre su pelo liso, pero a Lyall le gustaba, o eso decía, recordó con amargura. Solía extenderlo sobre sus dedos para admirar su brillo.
Los ojos azules la miraban con ironía. Jane estaba al lado de uno de los setos rodeada de flores, sosteniendo el cesto delante de ella, en un ademán inconsciente de defensa, mientras el sol de la tarde se veía entre oscuras nubes, y formaba a su alrededor un halo dorado. Jane intentaba parecer tranquila y despreocupada bajo los ojos de Lyall, pero intuía que su expresión era la misma que había tenido en el pasado.
