– ¿No vas a salir de ahí?

Jane no quería salir. No quería estar cerca de él y recordar cómo eran sus caricias. Le hubiera gustado quedarse entre las rosas, protegida por sus espinas, pero Lyall se daría cuenta, claro.

Intentó ser valiente. Tenía veintinueve años, no era una adolescente fácilmente impresionable, y Lyall era únicamente una relación vieja que no significaba nada para ella en esos momentos.

Jane alzó la barbilla involuntariamente y pasó entre un macizo de rosas y uno de peonías, y saltó sobre un grupo de geranios salvajes tan ancho que perdió el equilibrio y hubiera caído si Lyall no la hubiera agarrado firmemente.

Con el mero roce de su mano sobre su brazo desnudo, Jane recordó las mismas manos tomándola en sus brazos, apretándola contra él, deslizándose suavemente sobre su espalda. Recordó el roce de su cuerpo, de sus labios, el calor de su sonrisa…

Tomó aliento y se apartó de la mano de Lyall. No se atrevió a mirarlo, estaba segura de que sus recuerdos estarían escritos en su rostro, así que se inclinó sobre el cesto y tocó las rosas con manos temblorosas.

Lyall no significaba nada para ella ya. ¡Tenía que recordarlo!

Intentando controlarse, Jane alzó la vista. Los ojos de Lyall seguían tan azules y tan oscuros como siempre, sin embargo, tenían una expresión diferente. La burla había desaparecido y en su lugar había algo más duro, algo casi animal que hizo que su corazón diera un vuelco.

Lyall había cambiado. Lo podía notar en esos momentos en los que estaba tan cerca. Había en él una madurez sólida, una fuerza que no recordaba, y alrededor de sus ojos habían aparecido líneas nuevas. Tampoco recordaba la dureza de su boca. Era como si el riesgo y la independencia que una vez formaran parte de su personalidad se hubieran convertido en algo que le infería poder y autoridad.



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