
Jane se quedó mirándolo sorprendida, y esa dureza extraña en la boca se disolvió en una mueca que la hizo retroceder, furiosa consigo misma. Se suponía que tenía que mirarlo como a un extraño, y no como si hubiera estado esperándolo diez años.
– No creí que iba a volver a verte -dijo agarrando firmemente el cesto.
– La vida es una caja de sorpresas, ¿verdad? -declaró, con un brillo en los ojos que Jane tuvo que luchar para no responder. Había sucumbido a ese brillo y esa sonrisa demasiadas veces en el pasado, ¡y no la había conducido a ningún sitio!
– No siempre agradables -apuntó ella.
– ¡No pareces muy contenta de verme, Jane! -exclamó Lyall, sin parecer preocupado lo más mínimo.
– ¿Crees que debería estar contenta? -preguntó con una mirada de desafío.
– ¿Por qué no? Nos lo pasamos muy bien juntos, ¿no?
– Yo recuerdo lo malo -contestó con sorna.
– Yo no recuerdo nada malo.
– Debes de tener una memoria muy selectiva -dijo Jane, empezando a caminar-. ¿O es que no recuerdas cómo hemos estado separados todos estos años?
– No, no lo he olvidado, pero eso es diferente. Yo me refería a cuando estuvimos juntos, no cuando hemos estado separados. ¿No lo recuerdas?
Lo recordaba todo: el anhelo invadiendo sus venas, la alegría de estar con él…
– He intentado no recordarlo.
– ¿Por qué no?
Era una respuesta típica de Lyall. Los labios de Jane se apretaron con fuerza, recordando lo fácilmente que la envolvía con sus argumentos hasta probar que estaba equivocada. En esos momentos, quería obligarla a afirmar que su felicidad junto a él había sido tan intensa que no podía soportar el recuerdo. ¡Pues no iba a reconocerlo! Jane se paró y lo miró.
