
– ¿Para qué has venido, Lyall?
– Para dar una vuelta -contestó sin inquietarse por la pregunta brusca. A continuación miró al jardín y a la casa solariega, Penbury Manor. La casa databa del siglo quince, y había ido creciendo espontáneamente, añadiéndose habitaciones que lejos de estorbar habían aumentado su encanto. En esos momentos, a la luz dorada del atardecer, su silueta de paredes de piedra se destacaba contra un cielo azul oscuro de tormenta.
– Este lugar tampoco ha cambiado mucho, ¿verdad?
– Pero está a punto de cambiar -declaró Jane con tristeza, aunque alegre de cambiar de tema y hablar de algo neutral.
– ¿Sí?
– La señorita Partridge va a venderlo, y una empresa horrible de alta tecnología lo va a destrozar al convertirla en oficinas. En el jardín van a construir un laboratorio de investigación.
– ¡En el jardín de rosas no! -dijo Lyall, burlándose.
– ¡No tiene gracia! He tardado años en llegar a tener el jardín así. Con un poco de atención, llegaría a estar de nuevo precioso, pero esa empresa no está interesada en la belleza. Las rosas estorban a sus propósitos claros y ordenados, ¡así que las quemarán!
– Sigues igual, preocupándote más por las plantas que por las personas, ¿verdad?
– ¡Eso no es verdad!
– ¿No? Recuerdo que solías cuidarte más de las rosas que de mí.
– ¡Al menos siempre supe qué lugar ocupaba entre las plantas!
– ¿Qué quieres decir con eso?
Jane se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho. En ese momento, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer y ella no tenía ninguna intención de ponerse a discutir con Lyall. Era un extraño ya, y así quería mantener esa relación.
– ¿Importa ahora? -dijo, orgullosa de su autocontrol-. Está empezando a llover, y si quieres empezar a discutir sobre el pasado, es cosa tuya, pero yo creo que no merece la pena mojarse, así que es mejor que lo dejemos.
