
Templer parecía preocupada mientras rebuscaba en un cajón de su mesa. Finalmente se dio por vencida y lo cerró para centrar su atención en Siobhan. Al mirarla, bajó la barbilla, lo cual tuvo el efecto de endurecer su mirada. Siobhan no pudo por menos de fijarse en que se le habían acentuado las arrugas en torno al cuello y la boca y, al cambiar de postura en el sillón y estirar la chaqueta bajo los senos, comprobó que también había engordado. Demasiada comida rápida o exceso de cenas oficiales con los jefazos. Siobhan, que aquella mañana había ido al gimnasio a las seis, se sentó algo más recta en una silla e irguió ligeramente la cabeza.
– Supongo que será por lo de Martin Fairstone -dijo anticipándose a Templer y dando el primer golpe del combate. Al ver que callaba, prosiguió-: Yo no tuve nada que ver…
– ¿Dónde está John? -cortó tajante Templer.
Siobhan tragó saliva.
– No está en su casa -continuó Templer-. Envié a alguien para que lo comprobara. Y según dice usted se ha tomado dos días de baja por enfermedad. ¿Dónde está, Siobhan?
– Yo no…
– El caso es que hace dos días vieron a Martin Fairstone en un bar. En lo que no hay nada de extraordinario, salvo que quien le acompañaba guardaba un notable parecido con el inspector Rebus y un par de horas después el tal Fairstone perece achicharrado en la cocina de su casa. -Hizo una pausa-. Eso suponiendo que aún viviera cuando se inició el fuego.
– Señora, de verdad que yo no…
– A John le gusta protegerte, ¿verdad, Siobhan? No hay nada malo en ello. John tiene ese algo de caballero andante, ¿a que sí? Siempre anda buscando algún dragón con quien enfrentarse.
– Este caso no tiene nada que ver con el inspector Rebus, señora.
– Entonces, ¿por qué se esconde?
– A mí no me consta que se haya escondido.
– ¿Entonces lo has visto? -Una simple pregunta que Templer acompañó de una sonrisa-. Me apostaría algo.
– Se encuentra algo indispuesto para venir a comisaría -replicó Siobhan, consciente de que su defensa iba perdiendo fuerza.
