
– Si no puede venir aquí, estoy dispuesta a ir con usted a verle.
Siobhan se vio desarmada.
– Antes tendré que decírselo a él.
Templer negó con la cabeza.
– Esto no es negociable, Siobhan. Por lo que me dijo, Fairstone la acosaba y le puso un ojo morado.
Siobhan se llevó involuntariamente la mano al pómulo izquierdo. Casi no quedaba marca. Apenas una sombra que podía disimular con maquillaje o alegar que se debía al cansancio, pero todavía se le notaba cuando se miraba en el espejo.
– Y ahora ha muerto -prosiguió Templer- en un incendio posiblemente provocado. Así que comprenderá que tengo que hablar con todos los que le vieron aquella noche. -Otra pausa-. ¿Cuándo le vio por última vez, Siobhan?
– ¿A quién, a Fairstone o a Rebus?
– A los dos, ya que estamos.
Siobhan no contestó y trató de agarrar con las manos los brazos de metal del sillón, pero no había brazos. Era nuevo y más incómodo que el viejo. En ese momento advirtió que la poltrona de Templer era también nueva y que estaba alzada unos centímetros más. Un truco para cobrar ventaja sobre las visitas… lo que significaba que la gran jefa necesitaba tales artificios.
– Con todo respeto -dijo Siobhan haciendo una pausa-. Creo que no estoy preparada para contestar a eso, señora.
Se levantó sin estar segura de volver a sentarse si Gill Templer se lo mandaba.
– Es muy lamentable, sargento Clarke -dijo Templer con voz fría, prescindiendo del nombre de pila-. ¿Le dirá a John que hemos hablado?
– Lo que usted diga.
– Espero que tengan coartadas coincidentes por si abrimos una investigación.
Siobhan asintió con la cabeza a la amenaza. Bastaría con una petición de la jefa para que aparecieran los de Expedientes con sus carteras llenas de preguntas y sospechas. La rúbrica completa de los de Expedientes era Servicio de Expedientes Disciplinarios.
