
– ¿Se lo han llevado de St Leonard? -dijo Rebus pensativo-. Razón de más para que yo vuelva.
– Sobre todo si a mí me suspenden de servicio.
– No lo harán, Siobhan. Como acabas de decir, no tuviste nada que ver con Fairstone. Para mí fue un accidente. Y ahora que hay un caso más importante, quizás ese asunto muera de muerte natural, por así decir.
– «Un accidente» -repitió Siobhan.
Rebus asintió con la cabeza.
– No te preocupes. A menos, claro, que de verdad te cargaras a ese cabrón.
– John… -replicó ella en tono conminatorio.
El sonrió y consiguió esbozar un guiño.
– Era una broma -añadió-. Sé de sobra a quién va a echarle la culpa Gill de lo de Fairstone.
– Murió en un incendio, John.
– ¿Y eso quiere decir que yo lo maté? -replicó Rebus levantando las manos y girándolas a un lado y a otro-. Me escaldé en mi casa, Siobhan. Simplemente.
Ella se levantó.
– Si tú lo dices, John -replicó de pie junto a la cama mientras él bajaba las manos, reprimiendo el fuerte dolor.
En ese momento llegó una enfermera comentando algo sobre un cambio de vendaje.
– Me voy ya -dijo Siobhan-. Me horroriza pensar que hicieras semejante tontería por mí -añadió para Rebus.
Él comenzó a menear despacio la cabeza mientras ella le daba la espalda y echaba a andar.
– ¡No pierdas la fe, Siobhan! -añadió Rebus alzando la voz.
– ¿Es su hija? -preguntó la enfermera por entablar conversación.
– Es una amiga; una compañera de trabajo.
– ¿Tienen algo que ver con la Iglesia?
– ¿Por qué lo pregunta? -replicó Rebus haciendo una mueca en cuanto ella comenzó a arrancarle las vendas.
– Como hablaba de la fe…
– Es que en mi trabajo es fundamental. -Hizo una pausa-. ¿No es lo mismo en el suyo?
– ¿En el mío? -replicó la enfermera sonriendo sin levantar la vista de lo que hacía. Era bajita, sin particular atractivo, y seria-. En el mío no puedo permitirme andar por ahí esperando a que la fe le cure a usted. ¿Cómo se hizo esto? -inquirió al ver las ampollas.
