Pensó en Jane Burchill, la única persona que podría echarle de menos, aunque últimamente las cosas se habían enfriado. Sólo pasaban la noche juntos cada diez días más o menos. Hablaban a menudo por teléfono, y a veces se veían para tomar café por la tarde. Era una relación que ya estaba pareciéndole una rutina. Recordó que hacía unos años había salido con una enfermera una temporada. No sabía si seguiría trabajando en Edimburgo; podía preguntarlo, el problema era que no recordaba su nombre, algo que le sucedía a veces con otras personas. Bah, no era tan importante, simplemente parte del proceso de envejecimiento. Aunque lo cierto era que, cuando acudía a los tribunales a testificar, cada vez tenía más necesidad de consultar sus apuntes. Diez años atrás no necesitaba notas ni verificaciones; actuaba muy seguro de sí mismo, circunstancia que impresionaba al jurado, según le comentaban los abogados.

– Ya está. -La enfermera se incorporó. Le había puesto crema y gasa en las manos y vendas nuevas-. ¿Se siente mejor?

Rebus asintió con la cabeza. Sentía cierto frescor en la piel, pero sabía que no duraría mucho.

– ¿Tiene que tomar algún otro analgésico?

Era una pregunta retórica. La enfermera miró el gráfico clínico de los pies de la cama. Rebus lo había examinado al levantarse para ir al lavabo y comprobó que sólo indicaba la temperatura y la medicación. No había ninguna anotación críptica para entendidos. Ninguna mención de su historia sobre cómo había ocurrido el accidente.

«Estaba preparando un baño caliente… y resbalé.»

El médico había reaccionado con una especie de carraspeo, lo cual le dio a entender que estaba dispuesto a aceptar cualquier explicación sin tener que creérsela forzosamente. Era un hombre con exceso de trabajo y falta de sueño, su cometido no era indagar. Era un médico, no un policía.



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