– ¿Le doy paracetamol? -añadió la enfermera.

– ¿No podría traerme una cerveza para tragarlo?

La mujer esgrimió otra vez su sonrisa profesional. En los años que llevaba trabajando en el Servicio Nacional de Salud, era la primera vez que oía algo semejante.

– Veré qué puede hacerse.

– Es usted un ángel -dijo Rebus sorprendido de sí mismo.

Era la clase de comentario que a él le parecía un estereotipo simplón, propio de un paciente. Como la enfermera ya se alejaba, pensó que quizá ni lo habría oído. Sería tal vez por el ambiente hospitalario, pero, aun sin estar enfermo, te afectaba, lograba hacerte aflojar el ritmo, volverte sumiso: te institucionalizaba. Quizá fuese la influencia del color de las paredes, del peculiar murmullo. Y tal vez contribuía a ello la calefacción. En St Leonard tenían un calabozo especial para los «chalados» pintado de color rosa intenso, supuestamente para apaciguarlos. ¿No utilizarían en los hospitales el mismo truco psicológico? Allí no les interesaba en absoluto que los pacientes se pusieran bordes y comenzaran a gritar y a bajarse de la cama cada dos por tres. De ahí tantas mantas, bien remetidas para entorpecer sus movimientos. Quedaos ahí tranquilos… la almohada bien mullida… disfrutad del calor y de la luz sin alborotar. Pensó que si aquella situación se prolongaba se olvidaría hasta de su nombre, le tendría sin cuidado todo lo demás, se olvidaría del trabajo y no habría ya Fairstone ni locos que disparasen a los alumnos de un colegio…

Se volvió sobre un costado, apartando las sábanas con las piernas. Era un esfuerzo doble, como el de Houdini con una camisa de fuerza. El hombre de la cama de al lado había abierto los ojos y le observaba. Rebus le hizo un guiño en el momento en que conseguía liberar los pies.



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