
Justin soltó su muñeca con brusquedad.
– Pues lárgate. Búscate a otro. Déjame en paz.
Era la respuesta, la única respuesta, pero Sidney sabía que era incapaz de hacerlo, y odiaba el pensamiento de que, tal vez, jamás sería capaz.
– Sólo quiero ayudarte.
– Pues cierra el pico, ¿vale? Déjame ir a ese asqueroso callejón, comprar la mercancía y salir de aquí.
Abrió la puerta y la cerró con estrépito.
Cuando llegó a la mitad de la plaza, Sidney abrió su puerta y salió.
– ¡Justin! -gritó.
– Quédate ahí.
Habló con voz serena, no porque hubiera recuperado la serenidad, sino porque la plaza estaba abarrotada de gente, como ocurría todos los viernes por la noche en el Soho, y Justin Brooke no era un hombre propenso a montar escenas en público, como ella sabía bien.
Hizo caso omiso de su advertencia y corrió a reunirse con él, olvidando que lo último que debía hacer era ayudarle a fomentar su adicción. En lugar de ello prefirió caer en el engaño, diciéndose que, si ella no le vigilaba, podrían detenerle, estafarle o algo peor.
– Voy contigo -dijo cuando le alcanzó.
La tensión de sus rasgos le indicó que había cometido una imprudencia.
– Como quieras.
Justin encaminó sus pasos hacia la oscuridad del callejón.
El callejón parecía más oscuro y estrecho de lo normal, debido a las obras que se estaban realizando en aquella parte de la plaza. Sidney hizo una mueca de disgusto cuando percibió el hedor a orina. Era peor de lo que imaginaba.
Se cernían edificaciones a cada lado, sin luces ni letreros. Las ventanas estaban protegidas por rejas y los umbrales de las puertas cobijaban siluetas que gemían y se dedicaban a los asuntos ilegales que los clubs nocturnos del barrio parecían ansiosos por fomentar.
– Justin, ¿adonde piensas que…?
