
De todas las aflicciones conocidas por un amante,
¡ésta debe ser la ciencia más difícil de olvidar!
¿ Cómo desprenderse del pecado sin perder el juicio,
y amar al ofensor sin aceptar la ofensa?
¿ Cómo apartar al querido objeto del crimen,
cómo distinguir penitencia de amor?
Alexander Pope
PRÓLOGO
Tina Cogin sabía cómo extraer el máximo partido de lo poco que poseía. Le gustaba creer que era un talento innato.
Algunos pisos por encima del estruendoso tráfico nocturno, su silueta desnuda proyectaba gárgolas sobre la pared de la habitación, apenas iluminada. Sonrió cuando sus movimientos dotaron de vida a las sombras y crearon nuevas formas de negro sobre blanco, como en un test de Rorschach. Menudo test, pensó, practicando un gesto seductor. ¡Hermoso espectáculo para un asesino psicópata!
Rió en voz baja de su talento para la humildad, se acercó a la cómoda y dedicó una mirada afectuosa a su colección de ropa interior. Fingió vacilar para prolongar su placer y eligió por fin un atractivo conjunto de seda y encaje negros. Sujetador y bragas, de confección francesa, provistos de un relleno discreto que delataba la inteligencia del diseñador. Se los puso. Notó la torpeza de sus dedos, poco acostumbrados a prendas tan delicadas.
Tarareó por lo bajo una melodía indefinida, con voz gutural, como un himno en honor del atardecer, a tres días y noches de libertad sin límites, a la excitación de aventurarse por las calles de Londres sin saber exactamente qué iba a deparar la tibia noche de verano. Deslizó una larga uña pintada bajo la solapa precintada de una bolsa de medias, pero cuando las sacó rozaron su piel, más áspera de lo que deseaba admitir. El tejido se enganchó. Soltó un juramento, liberó las medias y examinó los daños, una incipiente carrera en la cara interna del muslo. Tenía que ir con más cuidado.
