
Mientras se las ponía, bajó la vista y suspiró de placer. El tejido se ajustaba con facilidad a su piel. Saboreó la sensación, casi similar a la caricia de un amante, e intensificó su goce recorriendo con la mano la distancia que separaba los tobillos de las pantorrillas, los muslos de las caderas. Carne firme, pensó, de tacto agradable. Hizo una pausa para admirar sus formas en un espejo de cuerpo entero, antes de extraer unas enaguas de seda negra de la cómoda.
El vestido que sacó del armario era negro. Cuello alto, mangas largas; lo había escogido por la forma en que se adaptaba a su cuerpo, como líquido de medianoche. Un cinturón ceñía su talle; una profusión de abalorios color azabache adornaba el corpiño. Era una creación de Knightsbridge cuyo coste, muy superior al que permitía su economía, había dado al traste hasta finales de verano con el lujo de desplazarse en taxi. En realidad, ese inconveniente carecía de importancia. Tina sabía que valía la pena sacrificarse por algunas cosas.
Se calzó unos zapatos negros de tacón alto antes de encender la lámpara colocada junto al sofá cama e iluminar un sencillo apartamento de una sola pieza que contaba con el lujo delicioso de un cuarto de baño privado. En su primer viaje a Londres, tantos meses atrás, recién casada y en busca de una vía de escape, cometió el error de alquilar una habitación en Edgware Road, donde compartió el baño con una turba de sonrientes griegos, todos ansiosos de observar los avatares de su higiene personal. Después de aquella experiencia, se le antojó inconcebible compartir siquiera un lavabo con otro ser humano, y aunque el gasto extra de un baño privado le resultó al principio sumamente oneroso, consiguió superar el problema de la forma pertinente.
Dio un repaso final a su maquillaje y aprobó la sombra de los ojos, que acentuaba su color y corregía su forma, el arco de las cejas, algo oscurecidas, el artístico sombreado de los pómulos, que suavizaba un rostro tirando a rectangular, y los labios, definidos tanto por el lápiz como por el color para expresar sensualidad y llamar la atención. Tiró hacia atrás su cabello, negro como su atuendo, y jugueteó con el mechón que caía sobre su frente. Sonrió. Lo lograría. Dios, claro que lo lograría.
