
El color se expandió sobre su rostro como huellas digitales carentes de todo atractivo, recordándole que Deborah nunca había sabido disimular su malestar.
A pesar del pasado, St. James había dado por sentado que el obsequio la complacería. No era así. Estaba consternada. De alguna manera, el regalo representaba la violación inconsciente de una frontera jamás verbalizada. Notó el tacto frío y resbaladizo del pomo.
– Quería darte una especie de bienvenida -dijo. Ella no contestó-. Te hemos echado de menos.
Deborah acarició la superficie de la ampliadora.
– Expuse mi obra en Santa Fe antes de irme. ¿Lo sabías? ¿No te lo dijo Tommy? Le telefoneé porque, bueno, son esas cosas con las que siempre sueñas, ¿verdad? Gente que acude y aprecia lo que ve. Incluso compra… Me puse muy nerviosa. Utilicé una de las ampliadoras del colegio para hacer todas las copias. Recuerdo que me preguntaba cómo lograría comprar las nuevas cámaras que quería.
Se apartó de la ampliadora e inspeccionó el cuarto oscuro, las botellas de productos químicos, las cajas de accesorios, las nuevas placas para el baño de corte y el fijador. Se llevó los dedos a los labios.
– Lo has ordenado muy bien. Oh, Simon, esto es más de… No me lo esperaba, de veras. Todo es… Es exactamente lo que necesitaba. Gracias, muchas gracias. Te prometo que volveré cada día para utilizarlo.
– ¿Volver?
St. James se interrumpió con brusquedad. Su sentido común tendría que haberle indicado lo que iba a suceder cuando los vio juntos en el coche.
– ¿No lo sabes? -Deborah apagó la luz y volvió al laboratorio-. Tengo un piso en Paddington. Tommy lo encontró en abril. ¿No te lo dijo? ¿Papá tampoco? Me mudaré mañana.
– ¿Mañana? ¿Quieres decir ya? ¿Hoy?
– Supongo que debí decir hoy, ¿verdad? Si no nos vamos a dormir ahora mismo, estaremos los dos hechos polvo. Me iré a la cama, Simon. Gracias. Muchas gracias.
