
Rozó la mejilla con la suya, apretó su mano y se marchó.
De modo que así están las cosas, pensó St. James, siguiéndola con la mirada.
Se encaminó hacia la escalera.
Deborah, desde su habitación, le oyó alejarse. A sólo dos pasos de la puerta cerrada, la joven escuchó sus pasos, un sonido grabado en su recuerdo que la perseguiría hasta la tumba. La leve presión de la pierna sana, el golpe sordo de la muerta. El movimiento de su mano sobre la barandilla, convertida en un puño tenso por el esfuerzo. Su respiración contenida mientras conservaba un precario equilibrio. Y todo ello sin que la cara traicionara nada.
Esperó a oír que se cerraba su puerta en el piso de abajo para apartarse de la suya y acercarse a la ventana, aunque no sabía que él había hecho lo mismo minutos antes.
Tres años, pensó. ¿Cómo era posible que estuviera más delgado, más demacrado y enfermizo, un rostro deformado por arrugas y ángulos en los que una historia de sufrimientos estaba cincelada? El cabello, siempre demasiado largo. Recordó su suavidad entre sus dedos. Ojos inquietos que le hablaban incluso cuando él permanecía callado. Boca que cubría tiernamente la suya. Manos sensibles, manos de artista, que seguían la línea de su mentón, que la atraían hacia sus brazos.
– No. Nunca más.
Deborah susurró las palabras al inminente amanecer. Se alejó de la ventana, apartó la colcha de la cama y se tendió, completamente vestida.
No pienses en eso, se dijo. No pienses en nada.
2
Siempre era el mismo sueño atroz. Un paseo desde Buckbarrow a Greendale Tarn, bajo una lluvia tan placentera y pura que sólo podía ser fantasmagórica. Escalar salientes de roca, correr sin el menor esfuerzo por el páramo, resbalar despreocupadamente por el talud hasta llegar, jadeante y alegre, al agua. Sentía aquel júbilo, la excitación de la actividad, la sangre que corría por sus miembros hasta cuando dormía; estaba dispuesto a jurarlo.
