
Después despertar a la pesadilla, con un sobresalto estremecedor. Tendido en la cama, la vista clavada en el techo, con el anhelo de que la desolación se transformara en despreocupación. Pero sin conseguir jamás olvidar el dolor.
Se abrió la puerta del dormitorio y Cotter entró, cargado con la bandeja del desayuno. La colocó sobre la mesa contigua a la cama y miró a St. James con disimulo antes de descorrer las cortinas.
La luz de la mañana actuó como una corriente eléctrica que se transmitiera directamente desde sus ojos al cerebro. St. James notó que su cuerpo se agitaba.
– Le traeré su medicina -dijo Cotter. Se detuvo junto a la cama el tiempo suficiente para servir a St. James una taza de té, desapareciendo a continuación en el cuarto de baño.
Ya a solas, St. James luchó por incorporarse. El martilleo que torturaba su cabeza aumentaba la intensidad de cualquier sonido. La puerta del botiquín al cerrarse equivalió a un disparo de rifle; el correr del agua del baño, a un rugido de locomotora. Cotter volvió con una botella en la mano.
– Bastará con dos.
Le dio las pastillas y no dijo nada más hasta que St. James las tragó.
– ¿Vio a Deb anoche? -preguntó después, con indiferencia.
Como si la respuesta no le importara, Cotter regresó al cuarto de baño donde, como St. James sabía, comprobaría la temperatura del agua. Era una cortesía completamente innecesaria, un acto que reafirmaba la manera que Cotter había empleado para formular la pregunta. Practicaba el juego del amo y el criado; sus palabras y actos implicaban un desinterés que no sentía.
St. James añadió abundante azúcar al té y sorbió varias veces. Se recostó contra las almohadas y esperó a que la medicina surtiera efecto.
Cotter reapareció en la puerta del cuarto de baño.
– Sí, la vi -contestó St. James.
– Algo cambiada, ¿no cree?
– Como era de esperar. Ha estado ausente mucho tiempo.
