
St. James añadió más té a su taza. Hizo un esfuerzo y miró a Cotter a los ojos. La determinación que reflejaba el rostro de Cotter le advirtió que, si decía algo más, sería como extender un cheque en blanco para recibir revelaciones que no deseaba escuchar.
Pero Cotter no se movió de su sitio. La conversación había llegado a un callejón sin salida. St. James se rindió.
– ¿Qué pasa?
– Lord Asherton y Deb. -Cotter se alisó su escaso cabello-. Sabía que Deb se entregaría algún día a un hombre, señor St. James. La vida me ha enseñado muchas cosas, pero sabiendo lo que ella sentía por… Bueno, yo pensaba que… -La confianza de Cotter pareció flaquear. Se sacudió un hilo de la manga-. Estoy preocupado por ella. ¿Qué puede desear de ella un hombre como lord Asherton?
Convertirla en su esposa, por supuesto. La respuesta fue instantánea como un reflejo, pero St. James no la verbalizó, a pesar de que hubiera proporcionado a Cotter la tranquilidad que ansiaba. Al contrario, deseó pregonar advertencias sobre el carácter de Lynley, pintar a su viejo amigo como una especie de Dorian Gray. Este deseo le disgustó.
– No lo que tú piensas -consiguió articular.
Cotter recorrió la jamba de la puerta con los dedos, como si buscara polvo. Asintió, pero su rostro no reflejó una mayor convicción.
St. James alcanzó sus muletas y se enderezó. Atravesó la habitación, confiando en que Cotter tomara esta actividad como el final de su conversación, pero fracasó en su intento.
– Deborah tiene un piso en Paddington. ¿Se lo ha dicho? Lord Asherton la mantiene como si fuera una prostituta.
– Te equivocas -contestó St. James, anudándose el cinturón de la bata que Cotter le había alcanzado.
– ¿De dónde saca el dinero, pues? -preguntó Cotter-. ¿Quién lo paga, sino él?
St. James se dirigió al cuarto de baño. El chorro del agua le avisó de que Cotter, en su agitación, había olvidado que la bañera se llenaba enseguida. Cerró los grifos y buscó una forma de poner fin a la discusión.
