
– Pues habla con ella, Cotter, si eso es lo que piensas. Tranquiliza tu mente.
– Lo que yo pienso es lo que usted también piensa, y no puede negarlo. Está tan claro como la luz del día, lo leo en su cara. -Cotter volvió a su tema favorito-. He intentado hablar con la muchacha, pero no hubo manera. Anoche se fue con él antes de que tuviera la oportunidad. Y esta mañana también se ha marchado.
– ¿Ya? ¿Con Tommy?
– No. Esta vez, sola. A Paddington.
– Pues ve a verla. Habla con ella. Quizá le agrade la perspectiva de pasar un rato a solas contigo.
Cotter pasó frente a él y procedió a desplegar sus útiles de afeitado con innecesaria minuciosidad. St. James observó sus movimientos con preocupación. Su intuición le dijo que lo peor aún no había llegado.
– Una charla larga y tendida. En eso estoy pensando, pero no soy yo quien debe hablar con la muchacha. Un padre está demasiado cerca. Ya sabe a qué me refiero.
Por supuesto que sí, se dijo St. James.
– No estarás insinuando…
– Deb le aprecia mucho. Desde siempre.
El rostro de Cotter transparentó el desafío oculto detrás de sus palabras. No era hombre que soslayara el chantaje sentimental si le guiaba por el camino que él (y St. James) consideraba pertinente.
– Podría alertar a la muchacha. Es lo único que le pido.
¿Alertarla? ¿Cómo podía hacerlo? «No te encariñes con Tommy, Deborah. Si lo haces, bien sabe Dios que tal vez termines convertida en su esposa.» Ni hablar.
– Sólo una palabra -insistió Cotter-. Ella confía en usted. Igual que yo.
St. James reprimió un suspiro de resignación. Maldijo la incuestionable lealtad que Cotter le había manifestado durante todos los años de su dolencia. Maldijo lo mucho que le debía. Siempre se acaba pagando.
– De acuerdo -dijo St. James-. Si me das su dirección, quizá me deje caer un momento.
