
– Muy bien -contestó Cotter-. Ya verá cómo Deb se alegra de escucharle.
Ya lo creo, pensó St. James con sarcasmo.
El edificio que albergaba el piso de Deborah recibía el nombre de «Apartamentos Shrewsbury Court». St. James lo localizó con relativa facilidad en Sussex Gardens, emparedado entre dos pensiones destartaladas. Era un edificio alto, recién restaurado, con la fachada de impoluta piedra Portland, una verja de hierro en la entrada. Se accedía a la puerta mediante un estrecho pasadizo de hormigón suspendido sobre la cavernosa entrada a unos pisos adicionales, situados bajo el nivel de la calle.
St. James apretó el botón contiguo al apellido «Cotter». En respuesta, un zumbido le dio entrada a un pequeño vestíbulo, cuyo suelo estaba cubierto de baldosas negras y blancas. Al igual que el exterior del edificio, estaba escrupulosamente limpio, y un tenue olor a desinfectante delataba que pretendía continuar del mismo modo. Carecía de mobiliario; un sencillo pasillo conducía a los pisos de la planta baja. Un discreto cartel, escrito a mano, que colgaba en una puerta rezaba conaérge como si una palabra extranjera confirmara la respetabilidad del edificio. También había un ascensor.
El piso de Deborah estaba en la última planta. Mientras subía, St. James reflexionó sobre la absurda posición en que Cotter le había puesto. Deborah era una mujer adulta. No aceptaría de buen grado ninguna intrusión en su vida. Mucho menos la suya.
Ella abrió la puerta en cuanto St. James llamó, como si hubiera esperado toda la tarde su llegada. Su expresión osciló rápidamente de la alegría a la sorpresa, y vaciló una fracción de segundo antes de dejarle entrar.
– ¡Simon! No tenía ni idea de… -Hizo ademán de ofrecerle la mano a modo de saludo, se lo pensó mejor y la dejó caer a un lado-. Menuda sorpresa me has dado. Esperaba que… Esto es realmente… ¿Por qué balbuceo? Entra, por favor.
La palabra «piso» se reveló como un eufemismo, pues su nuevo hogar consistía en poco más que un apartamento de un solo ambiente.
