
St. James se dispuso a hacer algún comentario sobre la habitación (tan lejana del eclecticismo adolescente del dormitorio que la joven ocupaba en casa), cuando reparó en un pequeño hueco a la izquierda de la puerta. Albergaba una cocina y una mesa diminuta, sobre la que estaba dispuesto un servicio de té para dos.
Tendría que haberlo comprendido en cuanto la vio. No era propio de su carácter remolonear en casa en pleno día, ataviada con un vestido veraniego en lugar de sus acostumbrados tejanos.
– Esperas una visita. Lo siento. Tendría que haber llamado.
– Aún no me han conectado la línea. Da igual. De veras. ¿Qué te parece? ¿Te gusta?
Toda la pieza constituía lo que pretendía ser: un lugar de paz y femineidad donde un hombre desearía tenderse a su lado, trocando las cargas del día por el placer de hacer el amor. Pero ésta no era la respuesta que Deborah deseaba escuchar de sus labios. Para evitar darle una, se acercó a las fotografías.
Aunque más de una docena colgaban de la pared, estaban agrupadas de tal forma que sus ojos se fijaron en un impresionante retrato en blanco y negro de un hombre que daba la espalda a la cámara, la cabeza de perfil, el cabello y la cabeza (iluminados ambos por un resplandeciente reflejo del agua) contrastando con un fondo de color hueso.
– Tommy es muy fotogénico.
