Deborah se detuvo a su lado.

– ¿Verdad que sí? Intenté dar un poco de definición a su musculatura, pero no estoy segura de haberlo logrado. La iluminación no me convence. No sé. En un momento dado me gusta y al siguiente pienso que es tan sutil como la foto de una jarra.

St. James sonrió.

– Sigues siendo tan dura contigo misma como siempre, Deborah.

– Supongo que sí. Nunca me satisface nada. Así ha sido siempre mi historia.

– Yo diría que es una obra excelente. Tu padre se mostraría de acuerdo. Traeremos a Helen para que aporte una tercera opinión. Después, celebrarás tu éxito negándolo todo y proclamando que, como jueces, no servimos para nada.

– Al menos no voy suplicando halagos -rió la joven.

– No, nunca lo has hecho.

St. James se volvió hacia la pared y el breve placer de su conversación se desvaneció.

Junto al retrato en blanco y negro se había colocado un tipo de estudio muy diferente. También era de Lynley, sentado desnudo en una vieja cama de hierro. Una arrugada sábana de lino cubría la parte inferior de su torso. Con una pierna levantada y el brazo apoyado sobre la rodilla, miraba hacia la ventana frente a la cual Deborah se encontraba de pie, de espaldas a la cámara. La luz del sol brillaba sobre la curva de su cadera derecha. Las cortinas amarillas se ondulaban hacia atrás, ocultando sin duda el cable que le permitió a la joven tomar la instantánea. La fotografía parecía totalmente espontánea, como si ella se hubiera despertado al lado de Lynley y aprovechado la oportunidad que le proporcionaba la luz, en contraste con las cortinas y el cielo de la mañana.

St. James contempló la foto, intentando fingir que podía apreciarla como una obra de arte, sabiendo todo el rato que confirmaba las sospechas de Cotter en cuanto a la verdadera relación entre Deborah y Lynley. A pesar de que les había visto juntos en el automóvil anoche, St. James sabía que se había aferrado a un hilo de esperanza insustancial, que se rompió ante sus ojos. Miró a Deborah.



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