Dos manchas de color aparecieron sobre las mejillas de la joven.

– Cielos, no soy una anfitriona muy buena, ¿verdad? ¿Te apetece beber algo? ¿Un gin-tonic? Tengo whisky. Té. Tengo té, montones de té. Estaba a punto de…

– No, no quiero nada. Esperas a alguien. No me quedaré mucho rato.

– Quédate a tomar el té. Hay sitio para uno más.

Se encaminó a la diminuta cocina.

– No, Deborah, por favor -se apresuró a decir St. James, imaginando el pavoroso trago de tomar el té y tres o cuatro biscotes digestivos, mientras Deborah y Lynley sostenían una educada conversación con él, deseando todo el rato que se marchara-. No es justo.

Deborah se detuvo ante el armario de la cocina, con una taza y un platillo en la mano.

– ¿Qué no es justo? ¿A qué te refieres? No me cuesta…

– Escucha, cariño.

Sólo deseaba decir lo que debía, cumplir su miserable misión, mantener la promesa que había hecho a su padre y largarse.

– Tu padre está preocupado por ti.

Deborah, con estudiada precisión, dejó sobre la mesa el platillo, y después, con más cuidado todavía, la taza, ambos objetos paralelos al borde de la mesa.

– Entiendo. Has venido como emisario. No esperaba que te plegaras a ese cometido.

– Le dije que hablaría contigo, Deborah.

Al oír esto, quizá por el cambio de su tono, St. James observó que las manchas de color en las mejillas de la joven se acentuaban. Deborah apretó los labios, caminó hacia la cama, se sentó y enlazó las manos.

– Muy bien. Adelante.

St. James percibió que la cólera asomaba a su rostro. Notó el primer temblor de furia en su voz, pero decidió hacer caso omiso, continuar con su primitiva intención. Se dijo que su única motivación era la promesa hecha a Cotter, que había dado su palabra y, por tanto, se había comprometido, que no podía irse sin explicar a la hija de Cotter, en los términos más explícitos, la preocupación que embargaba al hombre.



32 из 422