
– Tu padre está preocupado por tu relación con Tommy -empezó, de una manera, en apariencia, razonable.
Ella contraatacó sin más.
– ¿Y tú? ¿También estás preocupado?
– No tiene nada que ver conmigo.
– Ah. Debí figurármelo. Bien, ahora que ya me has visto, y también el piso, ¿volverás a entregar tu informe y justificar las preocupaciones de papá, o he de hacer algo para pasar tu inspección?
– Me has entendido mal.
– Has venido con engaños para verificar mi comportamiento. ¿Qué es exactamente lo que he entendido mal?
– El problema no es tu comportamiento, Deborah.
Se puso a la defensiva, decididamente incómodo. No esperaba que la entrevista tomara este curso.
– Es que tu relación con Tommy…
La joven se puso en pie de un salto.
– Me temo que no es asunto tuyo, Simon. En absoluto. Puede que mi padre represente poco más que un criado en tu vida, pero yo no. Nunca lo he sido. ¿Cómo se te ha ocurrido venir aquí a entrometerte en mi vida? ¿Quién piensas que eres?
– Alguien que te quiere. Lo sabes muy bien.
– Alguien que…
Deborah se calló. Extendió los puños frente a ella, como para contener el flujo de palabras, pero fue un esfuerzo inútil.
– ¿Alguien que me quiere? ¿Te atreves a definirte como alguien que me quiere? Tú, que no te molestaste en escribirme una sola carta durante todos los años de mi ausencia. Yo tenía diecisiete años. ¿Sabes lo que pasé? ¿Tienes alguna idea, ya que me quieres tanto? -Se alejó con paso inseguro hacia el otro extremo de la habitación, como harta de hablar, pero luego giró sobre sus talones y se encaró con él de nuevo-. Me pasé meses y meses, esperando como una idiota, una jodida idiota, esperando una palabra de ti. Una respuesta a mis cartas. Cualquier cosa. Una nota. Una postal. Un mensaje enviado a través de mi padre. Lo que fuera, con tal de que procediera de ti. Pero no llegó nada. No sabía por qué. No entendía nada. Y al final, cuando fui capaz de hacerme a la idea, sólo esperé la noticia de que te habías casado con Helen.
