
– ¡No me importa lo que sientes! Sea lo que sea, no tiene punto de comparación con la pena que me causaste.
– ¡Qué gran cumplido para tu amante! ¿Estás segura de que «pena» es la palabra apropiada?
– Así que todo se reduce a eso, ¿no? La cuestión es el sexo. Quién se está tirando a Deb. Bien, aquí tienes tu oportunidad, Simon. Adelante. Fóllame. Recupera el tiempo perdido. Ahí tienes la cama. Adelante. -Él no contestó-. Ánimo. Jódeme. Un polvo rápido. Eso es lo que quieres, ¿verdad? ¿No es eso, maldita sea?
Como él siguiera en silencio, Deborah se apoderó del primer objeto que encontró, enfurecida. Lo arrojó contra él con todas sus fuerzas. Se estrelló y rompió en mil pedazos contra la pared, cerca de su cabeza. Ambos vieron demasiado tarde que, impulsada por la rabia, había destruido un regalo de cumpleaños que él le había comprado en su infancia, mucho tiempo atrás: un cisne de porcelana.
El incidente aplacó la rabia.
Deborah quiso hablar y se llevó el puño a los labios, como si buscara las primeras palabras horrorizadas de disculpa, pero St. James no sentía el menor deseo de escuchar otra palabra. Miró los fragmentos esparcidos sobre el suelo y los aplastó con el pie, empleando un único y preciso movimiento para demostrar que el amor, al igual que la arcilla, es frágil.
Deborah lanzó un grito y se precipitó hacia los pedazos esparcidos, recogiéndolos.
– ¡Te odio! -Cálidas lágrimas resbalaron por fin sobre sus mejillas-. ¡Te odio! La única reacción que se podía esperar de ti. Cómo no, si estás lisiado por completo. Crees que sólo se trata de tu estúpida pierna, pero estás lisiado por dentro, y eso es mucho peor, te lo juro por Dios.
Sus palabras acuchillaron el aire, todas las pesadillas cobraron vida. St. James se encogió y caminó hacia la puerta. Se sentía aturdido, débil, terriblemente consciente de su torpe andar, como aumentado mil veces ante los ojos de la chica.
