
– ¡No, Simon! ¡Lo siento!
Tendió la mano hacia él y St. James reparó con interés en que se había cortado con el borde de un fragmento de porcelana. Una línea de sangre resbalaba desde la palma hasta la muñeca.
– No quise decir eso, Simon, tú lo sabes.
St. James se dio cuenta con sorpresa de que toda su rabia se había desvanecido. Nada importaba en absoluto, salvo la necesidad de escapar.
– Lo sé, Deborah.
Abrió la puerta. Marcharse significó un gran alivio.
Tuvo la impresión de que oleadas de sangre afluían a su cabeza, el habitual presagio de un dolor intolerable. Sentado en su viejo MG, aparcado frente a los apartamentos Shrewsbury Court, St. James luchó contra él, sabiendo que, si se rendía sólo un momento, la agonía sería tan insoportable, que regresar hacia Chelsea sin ayuda le resultaría imposible.
La situación era absurda. ¿Tendría que llamar a Cotter para que le ayudara? ¿Y por culpa de qué? ¿De una conversación de quince minutos con una chica que acababa de cumplir los veintiún años? Él, once años mayor, con todo un mundo de experiencias a sus espaldas, tendría que haber salido victorioso de la batalla. Claro que su estado en aquel momento, destrozado, débil y enfermo, no había contribuido a su éxito. Fantástico.
Cerró los ojos para protegerlos del sol, una incandescencia que crispaba sus nervios, aunque él sabía que no existía, era un mero producto de su cerebro enfebrecido. Dedicó una carcajada irónica a la torturada circunvolución de músculo, hueso y tendón que durante ocho años había constituido su prisión, su condena, el castigo final por el crimen de ser joven, estar borracho y conducir por una carretera sinuosa de Surrey mucho tiempo atrás.
El aire que respiraba era cálido y hedía a diesel, pero aspiró una profunda bocanada. Dominar el dolor al principio era fundamental, y no se detuvo a pensar que entregarse a él le habría eximido de meditar sobre las acusaciones que Deborah había proferido y, peor aún, admitir la verdad de cada una.
