
Durante tres años no le había enviado ningún mensaje, ni una carta, nada en absoluto. Lo más lamentable era que no podía aducir la menor excusa, ni explicar su comportamiento de una manera que ella pudiera comprender. Aun en este caso, ¿de qué le serviría ahora a Deborah saber que cada día sin ella había significado para él un paso más hacia la disolución? Porque, mientras él se permitía el lujo de morir un poco más cada día, Lynley se había apoderado de un lugar en la dulce circunferencia de la vida de Deborah, comportándose a continuación con su estilo habitual, desenvuelto y sereno, absolutamente seguro de sí mismo.
Al pensar en el rival, St. James se movió y buscó en su bolsillo las llaves del coche, decidido a que Lynley no le encontrara apostado frente al edificio de Deborah, como un colegial defraudado. Arrancó y se mezcló con el tráfico característico de las horas punta que invadía Sussex Gardens.
Cuando el semáforo cambió en la esquina de Praed con London, St. James frenó el coche y dejó vagar su mirada afligida, con un abatimiento que daba cuenta de su estado de ánimo. Sus ojos, incapaces de ver nada, resbalaron sobre los numerosos establecimientos comerciales que se amontonaban unos sobre otros en la calle Paddington, como niños ansiosos de llamar la atención en el pasillo del metro. A escasa distancia, bajo el letrero blanco y azul del metro, se hallaba de pie una mujer. Compraba flores a un vendedor callejero cuyo carrito mantenía un equilibrio precario, pues una de las ruedas colgaba sobre el bordillo. Echó hacia atrás la cabeza, coronada por una mata de cabello negro muy corto, escogió un ramo de flores veraniegas y rió en respuesta a un comentario del vendedor.
Al verla, St. James maldijo su imperdonable estupidez. Porque se trataba del invitado de Deborah. A fin de cuentas, no era Lynley, sino su propia hermana.
