
Empezaron a llamar a la puerta pocos segundos después de que Simon se fuera, pero Deborah no hizo caso. Se acuclilló cerca de la ventana, sosteniendo en la mano el fragmento roto de un ala estriada, y lo apretó contra su palma para sangrar un poco más. Alguna gota dispersa, donde los bordes eran más afilados, y luego un chorro más decidido, cuando aumentó la presión.
«Voy a contarte algo acerca de los cisnes», le había dicho él.
«Cuando eligen una pareja, es para toda la vida. Aprenden a vivir juntos en armonía, pajarito, y se aceptan mutuamente tal como son. Es una lección para todos nosotros, ¿no te parece?»
Deborah acarició con los dedos la delicada moldura superviviente del regalo de Simon y se preguntó cómo había llegado a cometer semejante traición, qué posible triunfo había obtenido, aparte de una breve y deslumbradora venganza que tenía como objetivo la completa humillación de Simon. Y, en definitiva, ¿qué había logrado demostrar la aterradora escena ocurrida entre ellos? Sólo que su filosofía adolescente, de la que le había hecho partícipe a los diecisiete años, había sido incapaz de superar la prueba de la separación. «Te quiero -le había confesado-. Nada conseguirá cambiar eso. Nunca.» Pero las palabras se demostraron falsas. Las personas no son como los cisnes. Y menos ella.
Deborah se levantó y secó sus mejillas con la manga del vestido, indiferente a que los tres botones de la muñeca arañaran su piel, más bien complacida de que fuera así. Se tambaleó hasta la cocina, donde encontró un paño que arrolló alrededor de su mano. Guardó el trozo de ala en un cajón. Sabía que era inútil abrigar la ridícula esperanza de que algún día conseguiría reparar el cisne.
Se encaminó a la puerta, pensando en qué excusa podría darle a Sidney para justificar su aspecto, pues las llamadas continuaban. Se secó las mejillas por segunda vez, giró el pomo, trató de sonreír, pero sólo dibujó una mueca.
