– Qué follón. Estoy perfectamente… -balbuceó Deborah.

Una mujer de cabello negro, vestida de manera extravagante, pero no carente de atractivo, estaba de pie en el umbral. Sostenía en la mano un vaso lleno de un líquido lechoso verdusco, y se lo ofreció sin el menor comentario. Deborah, estupefacta, lo cogió. La mujer asintió con la cabeza vigorosamente y entró en el piso.

– Todos los hombres son iguales.

Su voz era hueca, con un acento regional que intentaba disimular. Avanzó descalza hacia el centro de la habitación y continuó hablando como si Deborah y ella se conocieran desde hacía muchos años.

– Bébetelo. Me atizo cinco al día, como mínimo. Te sentirás como nueva, te lo juro. Dios sabe que últimamente necesito sentirme como nueva después de cada… -Se interrumpió y rió, exhibiendo unos dientes blanquísimos y parejos-. Ya sabes a qué me refiero.

Era difícil ignorar a qué se refería la mujer. El salto de cama negro de raso, adornado con numerosos pliegues y volantes, anunciaba sin ambages su profesión.

Deborah alzó el vaso que le habían embutido en la mano.

– ¿Qué es esto?

Sonó el timbre de la calle.

– Este lugar está tan frecuentado como la estación Victoria -dijo la mujer. Se acercó a la pared y apretó el botón que abría la puerta.

Señaló el vaso con la cabeza, sacó una tarjeta del bolsillo de la bata y la entregó a Deborah.

– Sólo zumos y vitaminas, punto. Algunas verduras. Muy estimulante. Te he escrito la receta. No te importará que me haya tomado la libertad, pero, a juzgar por lo que he oído, vas a necesitarlo. Bebe. Adelante. -Esperó a que Deborah se llevara el vaso a los labios y empezó a examinar las fotografías-. Muy bonitas. ¿Las has hecho tú?

– Sí.

Deborah leyó la lista de ingredientes. Lo peor era la col, que siempre la había asqueado. Dejó el vaso sobre la encimera y se secó los dedos con el paño que llevaba arrollado en la palma. Levantó la mano hacia su mata de cabello enredado.



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