– Menuda pinta debo tener.

La mujer sonrió.

– Doy asco hasta la noche. No me arreglo mucho de día. Para qué, me digo. En cualquier caso, eres una visión perfecta, en lo que a mí respecta. ¿Te ha gustado la pócima?

– Es… No se parece a nada que haya probado en mi vida.

– Especial, ¿verdad? Tendría que envasar esa mezcla y venderla.

– Sí. Bien, es buena. Muy buena. Gracias. Lamento muchísimo la discusión.

– Fue fantástica. Como las paredes son de papel, lo oí casi todo, y por un momento pensé que acabaría a puñetazos. Vivo en la puerta de al lado. -Indicó hacia la izquierda con el pulgar-. Tina Cogin.

– Deborah Cotter. Me mudé anoche.

– ¿Y por eso tanto follón? -Tina sonrió-. Pensé que eras de la competencia. Bien, dejémoslo correr. No tienes pinta de estar en el rollo, ¿verdad?

Deborah se ruborizó. «Gracias» no parecía la respuesta más pertinente.

Como si considerase innecesaria la respuesta, Tina se dedicó a contemplarse en el espejo que cubría una fotografía de Deborah. Se arregló el cabello, examinó sus dientes y recorrió con una larga uña los dos de delante.

– Estoy hecha un asco. El maquillaje no lo soluciona todo, ¿verdad? Hace diez años, me bastaba con un poco de colorete. ¿Y ahora? Horas delante del espejo y sigo teniendo el mismo aspecto horroroso al terminar.

Sonó un golpe en la puerta. Sidney, decidió Deborah. Se preguntó qué diría Sidney acerca de esta inesperada visita que estaba examinando la foto de Lynley como si le considerase una fuente de futuros ingresos.

– ¿Quieres quedarte a tomar el té? -preguntó Deborah.

Tina giró sobre sus talones y enarcó una ceja.

– ¿Té?

Tina pronunció la palabra como si la sustancia no hubiera pasado por sus labios en toda su vida adulta.

– Eres muy amable, Deb, pero no. Tres en esta clase de situación son multitud. Ahórramelo. Ya lo he probado.



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