En la calle Bateman, a corta distancia de la plaza, distinguió el letrero que iba buscando, balanceándose sobre un maloliente restaurante italiano. «Kat's Krad-le», anunciaba, y una flecha indicaba el oscuro callejón de al lado. La ortografía era absurda,

Todavía era temprano y había poca gente en el Kat's Kradle, confinada en algunas mesas dispersas alrededor de una pista de baile, digna de un sello de correos. A un lado, los músicos tocaban una melancólica pieza de jazz, a base de saxo, piano y batería, mientras la cantante, apoyada contra un taburete de madera, fumaba con aire taciturno y aspecto de mortal aburrimiento, a la espera del momento apropiado para desgranar algunos sonidos en el micrófono cercano.

La oscuridad reinaba en la sala, apenas iluminada por un débil foco azul concentrado en el grupo, velas en las mesas y una luz en la barra. Tina se aproximó a ésta, tomó asiento en un taburete, pidió un gin-tonic al camarero y admitió para sus adentros que la elección del local, pese a su suciedad, había sido muy inspirada, lo mejor que el Soho podía ofrecer para que la transacción pasara inadvertida.

Bebida en ristre, procedió a un sucinto examen de los presentes, una primera ojeada de la que sólo obtuvo una impresión de cuerpos, una espesa nube de humo producida por los cigarrillos, el ocasional brillo de las joyas, la llama de un encendedor o una cerilla. Conversaciones, risas, intercambio de dinero, parejas deslizándose sobre la pista de baile. Y entonces le vio, un joven sentado a solas en la mesa más alejada de la luz. Sonrió ante la visión.

Era muy propio de Peter escoger un lugar de estas características, donde no correría el riesgo de ser visto por su familia o alguno de sus amigos pijos. Nadie le censuraría en el Kat's Kradle. Eludía el temor a tener problemas, a ser malinterpretado. Había elegido bien.

Tina le observó. Notó una sensación cosquilleante en el estómago, anticipando el momento en que él la vería a través del humo y las parejas que bailaban.



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