Sin embargo, ignorante de su presencia, tenía la vista clavada en la puerta y recorría con los dedos su corto cabello rubio, presa de una nerviosa agitación. Tina le examinó con interés durante varios minutos, le vio pedir y vaciar dos copas en rapidísima sucesión, notó que la expresión de su boca se endurecía a medida que transcurrían los minutos y su necesidad se hacía más perentoria. A juzgar por lo que veía, iba muy mal vestido para ser el hermano de un conde; llevaba una chaqueta de cuero raída, tejanos y una camiseta con la inscripción semiborrada Hard Rock Cafe. Un pendiente de oro colgaba de un lóbulo, y de vez en cuando lo manoseaba como si fuera un talismán. Mordisqueaba sin cesar las uñas de la mano izquierda. Se golpeaba espasmódicamente la cadera con el puño derecho.

Se levantó con brusquedad cuando un grupo de ruidosos alemanes entró en el club, pero se derrumbó en la silla cuando comprendió que la persona a la que buscaba no venía con ellos. Extrajo un cigarrillo de un paquete que guardaba en la chaqueta y se palpó los bolsillos, pero no sacó ni encendedor ni cerillas. Un momento después apartó la silla, se levantó y caminó hacia la barra.

Ven a los brazos de mamá, pensó Tina sonriendo para sus adentros. Hay algunas cosas en la vida absolutamente predestinadas a suceder.

Cuando su acompañante aparcó el Triumph en un espacio libre de Soho Square, Sidney St. James comprendió que el joven tenía los nervios a flor de piel. Todo su cuerpo estaba tenso. Incluso sus manos aferraban el volante con un evidente esfuerzo por controlarse. Estaba a punto de estallar, pero intentaba disimularlo. Admitir la necesidad sería como dar un paso hacia admitir la adicción. Y él no era un adicto. No, Justin Brooke, científico, bon vivant, director de proyectos, ensayista, acaparador de premios, no era un adicto.

– Te has dejado las luces encendidas -le dijo Sidney con severidad. Él no respondió-. He dicho que te has dejado las luces encendidas, Justin.



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