Las apagó. Sidney presintió más que vio un movimiento en su dirección, y un momento después notó sus dedos en la mejilla. Quiso apartarse cuando se deslizaron sobre su cuello y se posaron sobre el pequeño bulto de sus pechos, pero en cambio sintió la rápida respuesta de su cuerpo a la caricia, dispuesto a entregarse, como si fuera una criatura sobre la que careciera de control.

Entonces, un ligero temblor en la mano de Justin, nacido de la ansiedad, le dijo que su caricia era falsa, un apaciguamiento momentáneo de los sentimientos que experimentaba ella, previo a la repugnante transacción. Le apartó.

– Sid.

Justin esgrimía un grado respetable de provocación sensual, pero Sidney sabía que estaba subyugado en mente y cuerpo por aquel callejón mal iluminado que nacía en el extremo sur de la plaza. Él se esforzaba por ocultárselo. Incluso ahora se inclinó hacia ella, como para demostrar que lo más importante de su vida en este momento no era su necesidad de la droga, sino el deseo de poseerla. Sidney reunió fuerzas para rehuir su tacto.

Sus labios, seguidos de su lengua, se movieron sobre el cuello y los hombros de Sidney. Cerró la mano sobre su pecho. El pulgar rozó su pezón con caricias deliberadas. Murmuró su nombre. La volvió hacia él. Y, como siempre, fue como fuego, como una pérdida, como una completa abdicación de todo sentido común. Sidney deseó besarle. Abrió la boca para recibirle.

Él gruñó y se apretó más contra ella, la tocó, la besó. Sidney deslizó la mano sobre su muslo para acariciarle a su vez. Y entonces comprendió.

Fue un brusco descenso a la realidad. Se apartó de él, le miró a la luz mortecina de las farolas.

– Fantástico, Justin. ¿Creías que no lo iba a notar?

Él desvió la mirada. La cólera de la joven aumentó.

– Ve a comprar tu jodida droga. Para eso hemos venido, ¿verdad? ¿O debía pensar que era para otra cosa?



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