
– Quieres que vaya a esa fiesta, ¿no? -preguntó Justin.
Era un viejísimo intento de sacudirse de encima la culpa y la responsabilidad, pero esta vez Sidney se negó a seguirle el juego.
– No me vengas con ésas. Ni te atrevas. No me cuesta nada ir sola, si es necesario.
– Entonces, ¿por qué no lo haces? ¿Por qué me telefoneaste, Sid? ¿No fue tu dulce voz la que me llamó esta tarde, ansiosa por acostarte conmigo cuando finalizara la velada?
Sidney no contestó, sabiendo que tenía razón. Una y otra vez, después de jurarse que ya estaba harta de él, volvía a por más, odiándole, despreciándose, pero volvía igualmente. Era como si su voluntad estuviera encadenada a la de él.
Por el amor de Dios, ¿qué era él? No era tierno. No era guapo. No era fácil de desentrañar. No respondía a ninguna característica del hombre ideal que alguna vez había soñado llevarse a la cama. Era, simplemente, un rostro interesante en el que cada rasgo parecía luchar contra todos los demás para dominar el cráneo huesudo que había debajo. Era una piel oscura, olivácea. Era unos ojos hundidos. Era una leve cicatriz que recorría la línea del mentón. No era nada, nada, excepto una manera de mirarla, de tocarla, de convertir su delgado cuerpo de muchacho en algo sensual, hermoso e inflamado de vida.
Se sintió derrotada. Tuvo la impresión de que un aire insufriblemente caliente llenaba el coche.
– A veces, pienso en contárselo -musitó ella-. Dicen que es la única forma de curarlo.
– ¿De qué coño estás hablando?
Sidney vio que los dedos de Justin se engarfiaban.
– Gente importante en la vida del adicto lo descubre. Su familia. Su jefe. Entonces, se derrumba. Y después…
La mano de Justin se apoderó de su muñeca y la retorció.
– Ni se te ocurra contárselo a nadie. Ni siquiera lo pienses. Te juro que, si lo haces, Sid, si lo haces…
– Basta ya. Escucha, no puedes continuar así. ¿Cuánto te gastas ya? ¿Quince libras al día? ¿Cien? ¿Más? Ni tan sólo podemos ir a una fiesta sin tu…
