
– Gracias pero no. Considera esto como un servicio más del Hogar de la Serenidad.
Nash la observó durante unos segundos antes de darse la vuelta y encaminarse de nuevo a los coches aparcados. La oferta que le había hecho era muy amable pero no quería que ningún aficionado le metiera mano a su lavadora. Cuando a Marty le daba por ayudar terminaba por destrozar del todo algo que sólo estaba estropeado en parte. Así que ahora llamaba a los profesionales al menor atisbo de problema. Era más sencillo y a la larga más barato.
Siguió a Nash y observó cómo colocaba las pinzas en ambos vehículos.
– ¿Qué te trae por Glenwood? -le preguntó mientras él se afanaba en la operación.
– He venido a visitar a la familia.
– No conozco a nadie por aquí que se llame Harmon.
– En realidad se apellidan Haynes.
– ¿Los Haynes?
– ¿Los conoces? -preguntó él frunciendo levemente el ceño.
– Claro. Travis Haynes es el sheriff. Y su hermano Kyle es concejal, igual que su hermana Hannah -aseguró Stephanie ladeando la cabeza-. Espera: creo que Hannah es su hermanastra. No sé la historia completa pero hay dos hermanos más. Uno es bombero y el otro vive en Fern Hill.
– Sabes mucho.
– Glenwood no es una ciudad grande. Es ese tipo de sitio en el que todos nos seguimos la pista unos a otros.
Y ésa era una de las razones por las que le gustaba la zona. Tener una posada no había sido nunca su sueño, pero si tenía que llevar un negocio de aquel tipo mejor allí que en algún lugar frío e impersonal.
Nash entró en su coche y metió la llave. El motor arrancó.
– Tienes un aire de familia a ellos -aseguró Stephanie cuando él se bajó-. ¿Eres primo suyo?
– No exactamente -respondió Nash quitando los cables-. No sé mucho sobre ellos. Tal vez luego podrías contarme más cosas.
Stephanie sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Se dio cuenta de que era excitación. Estupendo. En el tiempo que se tardaba en servir un desayuno y colocar unos cables había desarrollado una atracción. Tenía treinta y tres años, ¿no debería ser inmune a aquel tipo de locura?
