– Si no es mucha molestia -matizó él entregándole los cables.

– Para nada. Cuando quieras. Normalmente estoy en la cocina cuando los niños regresan del colegio.

– Gracias.

Nash sonrió. Y esta vez, a diferencia de la noche anterior, fue una sonrisa real. Le brillaron los ojos durante un instante fugaz, pero fue suficiente para que la fría niebla de la mañana pareciera menos densa.

Desde luego, le había dado fuerte. En cuanto su guapísimo y deseado huésped se fuera en su coche alquilado tendría que tener una charla consigo mismo. Encandilarse de una cara bonita había convertido su vida en un desastre. ¿De verdad quería volver a arriesgarse una segunda vez?

Era una mujer sensata con hijos y facturas. Las posibilidades que tenía de encontrar un hombre decente y responsable eran de una entre un millón. Más le valía no olvidarse.

Capítulo 2

Nash rodeó la circunvalación de Glenwood y se desvió por la carretera interestatal. Consultó su reloj y tras conducir durante veinte minutos se metió por la salida siguiente, dio la vuelta y regresó a la ciudad.

Anduvo un rato sin dirección. Lo único que quería era moverse. En cualquier momento tendría que ponerse en contacto con su hermano y enfrentarse a la reunión familiar que tenían pendiente, pero no tan pronto.

Pasados unos minutos sonó el teléfono. Nash apretó el botón de manos libres y se dispuso a hablar.

– ¿Qué tal? -preguntó aunque conociera de antemano la respuesta.

– Te estoy controlando -respondió su hermano gemelo, Kevin-. ¿Me has dejado colgado a última hora o estás aquí de verdad?

– Estoy en la ciudad.

– No te creo.

Kevin parecía sorprendido. Nash también lo estaba. Aquél era el último lugar del mundo en el que se imaginaba que estaría. Si hubiera tenido la oportunidad de elegir estaría en el trabajo, dedicado en cualquier cosa urgente o incluso haciendo papeleo.



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