Nash se apoyó contra el quicio de la puerta y señaló con la cabeza en dirección a la lavadora.

– ¿Cuál es el problema?

– No funciona. Estoy intentando que se sienta culpable pero no parece servir de mucho. Creía que ibas a salir -comentó mirándole la ropa.

– El coche de alquiler se ha quedado sin batería -dijo él-. Si quieres puedo echarle un vistazo a la lavadora.

– No tienes aspecto de técnico en electrodomésticos -aseguró Stephanie poniéndose de pie.

– Y no lo soy, pero se me dan bien las máquinas.

– Gracias, pero voy a llamar a un profesional. Iré a buscar las llaves de mi coche. ¿Por qué no me esperas fuera?

Stephanie esperó a que desapareciera por el pasillo antes de subir a toda prisa las escaleras para recoger sus llaves. Cuando llegó al piso de arriba se dijo a sí misma que el corazón le latía tan deprisa por el esfuerzo de subir dos pisos, y no tenía nada que ver con el aspecto de su huésped.

Aunque lo cierto era que estaba igual de atractivo con vaqueros que vestido de traje. A pesar de que no podía haber dormido más de cuatro horas parecía descansado, guapo y con la piel radiante. En cambio ella tenía unas ojeras profundas y una debilidad en el cuerpo provocada por una lavadora rota y una cuenta bancaria en situación más que precaria.

Stephanie bajó las escaleras a toda prisa y entró en su monovolumen. Arrancó y se colocó de modo que su parachoques rozara el del otro vehículo.

Tardó un buen rato en encontrar las pinzas para cargar la batería, pero tras dar con ellas en una de las cajas del garaje se las dio a Nash.

– Tendrás que ponerlas tú. Sé que aspecto tiene una batería de coche pero si utilizo estas cosas seguro que me electrocuto y provoco un incendio en los dos vehículos.

– No te preocupes. Te agradezco la ayuda. ¿Seguro que no quieres que te compense echándole un vistazo a la lavadora?



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