– ¿Verdad que es el mejor? -dijo ella sentándose a su lado y tomándolo de la mano-. Estoy deseando casarme con él. Por cierto, Nash, ¿tú sales con alguien?

– Creo que ya has asustado a mi hermano lo suficiente -dijo Kevin poniéndose en pie y ayudándola a levantarse-. Vamos, entra en el dormitorio. Yo iré enseguida.

– ¿He dicho algo malo? -preguntó Haley haciendo a continuación un gesto con la mano para quitarle importancia al asunto-. Bueno, voy a planear la boda. La gran boda.

– Que te diviertas -le gritó Kevin antes de verla desaparecer por la puerta-. Es una chica estupenda -aseguró antes de tomar asiento al lado de su hermano-. Es inteligente, divertida y generosa. No sé cómo lo hace, pero me resulta facilísimo amarla.

¿Habría sido aquél el problema?, se preguntó Nash. ¿Le había resultado difícil amar a Tina? ¿Se habría interpuesto el trabajo entre ellos?

– Bueno, basta de hablar de mí -dijo Kevin-. ¿Qué tal estás tú? Pensé que sería imposible sacarte del trabajo.

Nash se encogió de hombros en lugar de admitir que no había sido idea suya tomarse en aquel momento vacaciones.

– Pues aquí estoy, totalmente dispuesto a conocer a la familia.

– Sí, claro -dijo su hermano poniéndose de pronto muy serio-. Siempre has sido muy callado, pero desde la muerte de Tina lo has estado mucho más. ¿Crees que lo vas superando?

Nash nunca había estado dispuesto a reconocer lo que sentía por la muerte de su esposa, así que tampoco sabía si lo había superado o no. Así que dijo lo que le pareció más fácil.

– Claro. Estoy muy bien.

– Sigues culpándote -aseguró Kevin sacudiendo la cabeza-. No fue culpa tuya.

– ¿Entonces, de quién?

– Tal vez de nadie. Tal vez sencillamente ocurrió.

– Yo no veo las cosas así.

– No puedes controlarlo todo.

Nash lo sabía. Descubrirlo había sido una de las razones por las que había dejado de dormir, de comer, de vivir. Pero aquel conocimiento no había servido para cambiar las cosas.



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