
– Háblame de la familia Haynes -dijo para cambiar de tema.
Kevin se lo quedó mirando unos segundos y luego asintió con la cabeza, como si estuviera de acuerdo con aquella táctica.
– Los dos que he conocido son buenos tipos. Están tan sorprendidos con todo esto como nosotros, pero se han mostrado muy amables -aseguró Kevin sonriendo-. Son todos policías.
– Estás de broma -dijo Nash, que sabía que había cuatro hermanos y una hermana.
– No. Lo son todos -respondió su hermano con una carcajada-. No, espera. Uno de ellos se rebeló. Es bombero.
No era lo mismo que policía pero se le acercaba bastante. Kevin era oficial del ejército, Gage sheriff y Nash trabajaba para el FBI.
– Lo llevamos en la sangre -murmuró Nash.
– He estado con Gage -continuó Kevin-. Los conocemos a él y a Quinn de toda la vida, hemos crecido juntos, jugado juntos… Me cuesta trabajo aceptar que siempre hemos sido hermanos.
– Actuábamos como tales -aseguró Nash-. Pero estoy de acuerdo contigo. Pensábamos que éramos buenos amigos y punto.
– La cena de mañana será en el zoo -comentó su hermano-. Los chicos, las mujeres y sus hijos. Intentaré organizar una comida sólo para algunos hermanos, ¿te apetece?
– Claro -respondió Nash, al que no le gustaban las multitudes.
– Aquí hay habitaciones libres -dijo Kevin-. ¿Quieres mudarte?
– Estoy bien donde estoy.
– ¿Seguro?
Nash sabía que su hermano estaba pensando que evitaba tener contacto con el mundo, pero no se trataba de eso. Si Kevin insistía le diría que era un rollo hacer y deshacer maletas. Era mentira, pero así se lo sacaría de encima. La verdad era otra. Por primera vez desde hacía dos años había sentido una chispa de interés por algo que no fuera el trabajo. Era consciente de que el deseo sexual y sus necesidades físicas no significaban nada, pero le había despertado la curiosidad lo suficiente como para quedarse por ahí a ver qué pasaba después.
