
Nash se sentó y apartó las sábanas. Sin la rutina del trabajo el día se abría ante él como un abismo interminable. ¿Se habría concentrado tanto en el trabajo que verdaderamente no tenía otra cosa en la vida?
Cuestión número dos: sabía que tendría que ponerse en contacto con Kevin por la mañana y concertar un encuentro. Llevaban treinta y un años sin saber nada de su padre biológico excepto que había dejado embarazada de gemelos a una virgen de diecisiete años y luego la había abandonado. Y ahora Kevin y él estaban a punto de conocer a unos hermanastros que ni siquiera sabían que tenían.
Kevin opinaba que conocer más familia era una cosa buena. Nash no estaba tan convencido.
Hacia las siete menos veinte se duchó, se afeitó y se puso unos pantalones vaqueros, camisa de manga larga y botas. Aunque estaban a mediados de junio una niebla fría cubría la parte de la ciudad que se podía ver desde la ventana de su cuarto. Nash paseó con impaciencia por la habitación. Tal vez podría decirle a la dueña de la posada que se olvidara del desayuno. Podría salir a dar una vuelta con el coche y tomar cualquier cosa en una cafetería. O quizá podría seguir hasta descubrir por qué en los últimos meses había dejado de dormir, de comer y de darle importancia a cualquier cosa que no fuera el trabajo.
Agarró las llaves del coche de alquiler y bajó las escaleras. Tomó un trozo de papel del bloc de notas que había en la recepción, pero se detuvo antes de escribir nada al escuchar ruidos en la parte de atrás de la casa. Si la dueña estaba levantada le diría en persona que no iba a desayunar.
