
Nash agarró la bolsa y sacó la cesta de su interior.
– Gracias por la ayuda -le dijo Stephanie sonriéndole-. ¿Quieres un café?
– Claro.
Regresaron a la cocina. Nash se apoyó en la encimera mientras ella le servía café en la taza.
– Los bollos estarán dentro de cinco minutos. Tenía pensado hacerte una tortilla esta mañana. ¿De jamón? ¿De queso? ¿De champiñones?
La noche anterior apenas había reparado en ella. Recordaba vagamente a una mujer de aspecto cansado y vestida de forma extraña. Le sonaba que tuviera el pelo rubio y corto. Ahora veía que Stephanie Wynne era una rubia menuda de ojos azules y una boca jugosa siempre dispuesta a sonreír. Llevaba el cabello peinado a lo pincho de manera que le dejaba al descubierto las orejas y el cuello. Los pantalones negros y el jersey levemente ceñido demostraban que a pesar de que el frasco fuera pequeño Stephanie tenía todo lo que tenía que tener donde lo tenía que tener. Era muy bonita.
Y él se había dado cuenta.
Nash trató de recordar cuándo fue la última vez que una mujer, cualquier mujer, le hubiera llamado la atención lo suficiente como para clasificarla como guapa, fea o ni una cosa ni la otra. Hacía dos años que no le pasaba, decidió sabiendo que no le resultaba difícil calcular la fecha.
– No hace falta que hagas la tortilla -dijo-. Es suficiente con el café y los bollos. Y con la fruta -añadió echándole un vistazo a la bandeja.
– El desayuno completo va incluido en el precio -respondió Stephanie frunciendo el ceño-. ¿No tienes hambre?
Más de la que había tenido desde hacía tiempo, pero menos de la que debería tener.
– Tal vez mañana -contestó.
Sonó entonces la alarma del horno. Stephanie agarró dos guantes de amianto y abrió la puerta. El aroma a pan cocinado se hizo más intenso. Nash aspiró la fragancia a cítricos.
