
– Esta mañana tenemos bollos de naranja, de limón y de chocolate -explicó ella sacando la fuente y colocándola sobre la encimera-. Están todos deliciosos, lo que no es muy modesto por mi parte ya que soy yo la que los he hecho, pero es la verdad.
Stephanie le dedicó una sonrisa de oreja a oreja y luego le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta que tenía al lado.
– El comedor está por allí.
Nash hizo lo que le pedía y pasó a la siguiente habitación. Encontró una mesa grande preparada para una sola persona. Encima del USA TODAY había un ejemplar del periódico local.
Stephanie lo siguió hasta el comedor pero esperó a que él se sentara antes de servirle el desayuno. Luego le deseó bon appétit antes de desaparecer de nuevo en la cocina.
Tras comerse un par de aquellos bollos deliciosos que le supieron a gloria Nash agarró el periódico y se dispuso a echarle un vistazo. El sonido de unos pasos corriendo por el pasillo le interrumpió la lectura de la sección de economía. Levantó la vista justo a tiempo para encontrarse con tres niños que se precipitaban a la puerta de entrada.
– ¡Id despacio! ¡Tenemos un huésped!
La orden salió de la cocina. Al instante tres pares de pie disminuyeron la marcha y tres cabezas giraron en su dirección. Nash tuvo la impresión de que se trataba de niños de entre ocho y doce años. Los dos pequeños eran gemelos.
Stephanie apareció ante su vista y le dedicó una sonrisa de disculpa.
– Lo siento. Es la última semana de colegio y están un poco revolucionados.
– No pasa nada.
Los niños siguieron estudiándolo con curiosidad hasta que su madre los echó por la puerta. A través de la ventana del comedor Nash los vio subir en el autobús escolar. Cuando arrancó Stephanie cerró la puerta y entró de nuevo en el comedor.
