– ¿Has comido suficiente? -le preguntó mientras empezaba a recoger los platos-. Quedan más bollos.

– No, estoy bien -aseguró él-. Estaba todo delicioso.

– Gracias. La receta origina de los bollos es de hace varias generaciones. Mi marido y yo le alquilamos la posada a una pareja inglesa hace muchos años. La señora era una cocinera excelente y me enseñó a hacer bollos y galletas.

Ella terminó de recoger los platos y salió del comedor.

Nash le echó un vistazo a la sección de deportes y luego cerró el periódico. Ya no le interesaban las noticias. Tal vez podría ir a dar una vuelta y explorar la zona.

Se puso de pie y vaciló un instante. No estaba muy seguro de si debía decirle a la dueña de la posada que se iba. Cuando viajaba solía hacerlo por negocios y siempre se quedaba en hoteles anónimos y sin personalidad. Nunca antes había estado en una posada. Aquel lugar era un negocio, pero al mismo tiempo parecía ser también el hogar de Stephanie.

Nash miró en la cocina y luego en el recibidor y decidió que a ella no tenía por qué importarle cómo organizar su día. Sacó las llaves del coche del bolsillo del pantalón y caminó por el suelo de madera pulida en dirección al vehículo de alquiler.

Dos minutos más tarde estaba de regreso en la mansión victoriana. Miró de nuevo en la cocina pero estaba vacía. Un sonido sordo lo guió hacia la parte de atrás de la casa hasta llegar a un amplio lavadero. Stephanie estaba sentada en el suelo delante de la lavadora. Tenía el manual de instrucciones colocado en el regazo y a su alrededor había innumerables herramientas y piezas pequeñas.

– Maldito trozo de metal barato -murmuró ella-. Te odio. Siempre te odiaré, será así durante el resto de tu vida, así que tendrás que aprender a vivir con ello.

Nash carraspeó.

Ella se giró sobresaltada. Al verlo abrió los ojos y sonrió de medio lado en un gesto mitad angelical mitad divertido.

– Si sigues apareciendo de improviso tendré que ponerte un cencerro atado al cuello.



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