Se los imaginó a los dos desnudos, tocándose. Se moría de deseo, y ese deseo la volvía loca. Trató de controlar el deseo que sentía hacia un hombre al que apenas conocía, pero era como tratar de agrupar gatos; sin sentido y un poco absurdo.

Todd se apartó un poco y le tomó la cara entre las manos.

– Ahora es cuando se supone que yo digo que debería irme -dijo él mientras la miraba a los ojos-. Es como me educaron y lo correcto.

– Las buenas maneras son importantes -murmuró ella.

– Estoy de acuerdo. Aunque hay una opción alternativa.

– ¿Las malas maneras?

Todd sonrió y la besó suavemente.

– Te deseo, Julie. Puedo darte una lista de buenas razones por las que esto es una mala idea, pero te deseo. Desesperadamente.

– Buenas maneras, un conversador inteligente y unos besos fantásticos -susurró ella-. ¿Quién podría negarse a eso?

– Yo no.

– Yo tampoco.

Julie sacó las llaves del bolso y condujo a Todd hacia la puerta principal. Una vez dentro, dejó las llaves y el bolso en la mesa que había junto a la entrada.

Todd se quitó lo que parecía ser una chaqueta muy cara y la dejó caer al suelo. Luego la acercó a su cuerpo y la besó con tal pasión, que hizo que se preguntara con qué intensidad podría hacer otras cosas.

Ella le devolvió los besos con la misma intensidad, deslizando las manos por su pecho, acariciando la suavidad de su corbata de seda y el algodón de su camisa. El deslizó una mano por sus nalgas, apretando con fuerza y levantando otra vez la mano para acariciarle un pecho.

Incluso a través del tejido del vestido y del sujetador, Julie sintió sus dedos fuertes explorando, torturando, acariciando. Se detuvo en el pezón, estimulándolo suavemente y dándole ganas de desnudarse por completo para que pudiera acariciar su piel desnuda.



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