
Hasta que él había entrado por la puerta la noche anterior, su casa había sido una zona libre de hombres. Después de lo que había ocurrido con Garrett, había deseado que fuese así. La había alquilado después de acabar la universidad, la había amueblado de manera femenina y su colchón había sido prácticamente virginal.
Pero ya no, pensó mientras alcanzaba con una sonrisa la lata del café. Tenía el brillo típico después de una noche de pasión y los músculos agarrotados a consecuencia de ello.
Encendió la cafetera y se apoyó contra la encimera. En teoría, debía estar arrepintiéndose. No era propio de ella. Era mucho más sensata, más cuidadosa, mucho menos impetuosa. Lo cual volvería a ser muy pronto. Pero, de momento, quería disfrutar de los cálidos recuerdos de lo que habían hecho.
Se sentía bien, demasiado bien para sentirse mal.
– Buenos días.
Levantó la mirada y vio a Todd de pie en la puerta de la cocina. Se había puesto los pantalones y la camisa, pero no se la había abrochado. Podía ver su piel desnuda y sus fuertes músculos. También parecía desaliñado, sin afeitar y demasiado sexy para explicarlo con palabras.
– Hola -murmuró ella-. Estoy haciendo café, lo cual probablemente ya sepas.
– Bien. Gracias.
No tenía ni idea de en qué estaba pensando él. Probablemente hiciera eso todas las mañanas, despertándose en una cama extraña. Podría dejar que él llevara las riendas, sólo que ése no era su estilo. Ella era más de estar al mando. Sus hermanas podrían dar buena cuenta de eso.
– He perdido práctica-dijo, encogiéndose de hombros-. Todo este asunto del hombre desconocido en mi cama y todo eso. No esperaba lo de anoche, así que no estaba preparada para esta mañana. ¿Qué quieres hacer? ¿Ducharte? ¿Marcharte? ¿Mi número de teléfono?
Todd se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta.
– Eres sincera.
– Como lo fui anoche. Es algo que va conmigo. Me gusta pensar que marco tendencias. Además, nunca he entendido la gracia de mentir. La verdad siempre acaba por saberse.
