
Julie quería rogar. Si hubiera sabido algún secreto de estado, lo habría revelado, cualquier cosa con tal de que siguiese haciéndole lo mismo. Sentía que cada vez estaba más excitada, pero su climax seguía mostrándose esquivo.
Más. Necesitaba más. ¿Pero cómo?
Todd debió de leerle el pensamiento, porque introdujo dos dedos dentro de ella sin dejar de lamerla. La combinación fue demasiado.
Julie perdió el control allí mismo, en la ducha, con el agua resbalando por su cuerpo y un hombre increíble entre sus piernas. Abrió la boca para tomar aire y gritó mientras se estremecía, sabiendo que nunca nada volvería a ser tan espectacular.
El orgasmo la invadió, dejándola exhausta. Todd se puso en pie y sonrió, acercándola a él. Ella apenas tenía fuerza para devolverle el abrazo.
La idea de hacerle lo que él acababa de hacerle a ella la alentó un poco. Dio un paso atrás, pero, antes de que pudiera hacer nada más, Todd cerró el grifo de la ducha.
– Nos enfriaremos -dijo ella.
– No lo creo.
Abrió las cortinas y la sacó de la ducha. Tras extender una toalla sobre la repisa, la subió encima, le separó las piernas y la penetró con una embestida fuerte y firme.
Julie habría apostado mucho dinero a que estaba tan saciada, que no podría pensar en tener otro orgasmo en seis o siete meses. Pero, en cuanto lo sintió dentro de ella, notó cómo sus músculos cansados reaccionaban. Entonces la besó, y Julie quedó perdida en aquel baile sensual de lenguas húmedas.
Estaban los dos mojados, con el baño lleno de vapor, y Todd no se había dado una ducha propiamente dicha, pero nada de eso importaba. No importaba mientras deslizaba la mano entre los dos y encontraba su clítoris de nuevo, masajeándolo suavemente para que se acercara más a él.
Julie pasó de estar exhausta a deseosa en quince segundos. Le rodeó las caderas con las piernas y se montó sobre él hasta volver a sentir el climax; pero, en esa ocasión, aguantó los gritos hasta que él gimió su nombre y los dos se perdieron en un placer mutuo.
