
– Mi madre estaba embarazada, claro. Yo nací seis meses después de la boda. Mis dos hermanas vinieron poco después. Mi madre consiguió un trabajo. Mi padre lo intentó, pero no era de los que disfrutaban trabajando. Aunque siempre andaba tramando algo. A veces incluso ganaba algún dinero. Se marchó por primera vez cuando yo tenía unos ocho años. Solía pasarse meses fuera, y luego aparecía. Nos traía regalos, y a ella, dinero. Luego volvía a marcharse.
– Eso debe de haber sido duro para ti -dijo él.
– Yo quería que se divorciaran para que mi madre siguiese adelante, pero ella no quería. Decía que era el amor de su vida. Yo pensaba que era un imbécil que no soportaba tener que ser responsable de su familia. Pero ésa es una discusión fascinante para otra ocasión. Pasaron los años, todos crecimos. Entonces, hace unos tres meses, Ruth reapareció en nuestra puerta. Dijo que llevaba mucho tiempo queriendo reconciliarse con su hija, pero que Fraser se interponía. Como él ya no estaba, era libre de hacer lo que quisiera y de recuperar a su familia. Así que ahora tenemos una abuela.
«Yuna herencia potencial», pensó él.
– ¿Ella volvió con vosotras?
– Eso he oído. Mi madre nos llamó y nos pidió que fuéramos todas a cenar. Entramos y allí estaba Ruth. Es raro descubrir a los parientes después de tanto tiempo.
– ¿Qué piensas de ella? -preguntó Ryan.
– Se queja mucho-dijo ella-. Es muy elegante, pero distante y… no sé. Realmente no la conozco. Supongo que me molesta porque rechazó a su única hija. De acuerdo, no aprobaba lo que mi madre hizo, pero de ahí a no volver a verla, hay mucho. Nos dio la espalda a todas. ¿Ahora dice que lo siente y se supone que tenemos que perdonarla? ¿Fingir que todos esos años sin ella no importan?
Ryan se encontró a sí mismo queriendo defender a su tía. Cosa irónica, teniendo en cuenta que él también la consideraba una persona difícil. Aun así, la quería.
