– ¿Su primo? ¿Esto era un juego para ti? ¿Es tu idea de pasar un buen rato?

Todd o Ryan o como diablos se llamase salió de la cama y se colocó frente a ella. Desnudo. Maravilloso. Pero eso no debía ser una sorpresa. ¿Por qué los bastardos mentirosos no podían ser guapos también?

– Julie, espera. No es lo que piensas.

– Ni lo intentes -dijo ella-. No pienses que puedes salir de ésta con palabras bonitas.

– No quiero salir de esto. Quiero explicarme. No era mi intención que esto ocurriese.

¿Esto? ¿El sexo? La rabia iba creciendo en su interior y de pronto se sintió aterrorizada porque le entraron ganas de llorar. Se negaba a derrumbarse delante de esa sabandija.

– ¿El qué no era tu intención? -preguntó con la voz cargada de odio-. ¿Cenar conmigo? ¿Decirme que eras Todd?

– Pensamos que…

– ¿Pensasteis qué? ¿Que sería divertido? No, espera. ¿Qué es lo que has dicho? Que ibas a enseñarme una lección. ¿Quién diablos te crees que eres para ser juez y jurado? ¿Qué te he hecho yo?

– No me has hecho nada -dijo él-. Nada en absoluto. Tú eres la parte inocente en esto. Lo siento.

– Sentirlo no sirve de nada.

– Lo sé. Cuando la tía Ruth le dijo a Todd lo que había hecho, lo que os había prometido a tus hermanas y a ti, se puso furioso. El siempre tiene mujeres codiciosas detrás de él y no necesitaba tres más yendo detrás de su riqueza.

– Todd tiene que superarlo -dijo ella amargamente-. No se trataba del dinero, ya lo sabes. Se trataba de descubrir que tenía una abuela y de mantener una buena relación con ella. Nadie pensó que su oferta fuese real. ¿Pero qué pasa con vostros?

– No tienes ni idea de cómo es -dijo él.

– Oh, pobre niño rico. Qué mal lo debes de pasar.

El seguía desnudo, y Julie maldijo la parte de su cerebro que fue capaz de detenerse y apreciar la perfección de su cuerpo. Sus entrañas se revolvieron al recordar los tórridos momentos que habían compartido.



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