Eran poco más de las once cuando aparcó frente a la pequeña casa donde habían crecido. Miró los dos coches aparcados frente a la casa y se fijó en el espacio vacío en el camino. Entonces salió y se acer¬có a la puerta.

– Hola, soy yo -dijo al entrar en el salón.

Willow estaba sentada en una silla en la esquina, mientras que Marina se encontraba en el sofá. Las dos le dirigieron una sonrisa.

– Hola -dijo Willow, poniéndose en pie para darle un abrazo a su hermana-. ¿Realmente vas a beberte todo ese café? Si tomas demasiado, te matará.

– Ese es el plan -dijo Julie.

– Hola -dijo Marina, abrazándola también-. ¿Qué tal todo?

– Bien. ¿Mamá está en la clínica?

– Sí -Marina volvió a sentarse en el sofá y señaló el cojín junto a ella-. Hoy es día de vacunas de bajo coste.

– Es cierto -dijo Julie, sentándose junto a ella.

Un sábado por la mañana al mes, el doctor Greenberg, el jefe de Naomi, abría su oficina al vecindario y ofrecía vacunas a bajo precio a quien las quisiera. Había sido idea de su madre, en su intento por salvar el mundo. Julie siempre había pensado que debía pasar un poco más de tiempo tratando de salvarse a sí misma.

– ¿Qué tal estáis? -preguntó. Willow y Marina intercambiaron una mirada y Julie se tensó inmediatamente-. ¿Qué?

– Estábamos hablando de papá -dijo Willow.

– Han pasado unos meses – dijo Marina -. Debería regresar en cualquier momento.

– Qué excitante -murmuró Julie, dando un sorbo al café.

– Julie, no -dijo Willow-. Eso no es justo. Nunca le das un respiro.

– Siento no tener mucho aprecio por un hombre que abandona a su familia una y otra vez y por la madre que se lo permite.



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