
Ni a pensar en él. Sólo que tenía la sensación de que olvidarse de él le iba a resultar más difícil de lo que pretendía.
– ¿Quieres que no se lo digamos a mamá? -pre¬guntó Willow-. Ya sabes cómo se preocupa.
– Eso sería genial -dijo Julie-. Probablemente tendré que mencionarlo en algún momento, pero, si pudiera esperar un poco, sería más fácil.
– Claro -dijo Marina-. Lo que tú quieras.
– Así que sentís tanta pena por mí, que podría conseguir que hicieseis cualquier cosa, ¿no? -preguntó Julie con una sonrisa.
Sus hermanas asintieron.
Si se hubiera sentido mejor, tal vez hubiera bromeado con ellas pidiéndoles que llevaran a cabo una tarea descabellada. En vez de eso, dejó que la reconfortaran y se dijo a sí misma que, con el tiempo, olvidaría que había conocido a Ryan Bennett.
Julie miró por la ventana de su despacho y trató por todos los medios de entusiasmarse con la vista. Podía ver principalmente el edificio de al lado, pero a su derecha también podía ver claramente Long Beach.
Había sido ascendida la semana anterior y trasladada a unas oficinas mayores. Ahora tenía una secretaria compartida y un aumento importante. También tenía grandes planes para celebrar ese fin de semana con una escapada de compras. Willow y Marina habían prometido ir con ella.
Todo eso era bueno. Ella era lista, tenía éxito, iba ascendiendo en la carrera deseada. ¿Entonces por qué no podía dejar de pensar en Ryan?
Habían pasado tres semanas desde aquella noche desastrosa en que él había aparecido en su vida haciéndole pensar que las cosas podrían ser diferentes. Tres semanas recordando, soñando con él, deseándolo.
Eso era lo que más le molestaba; que su propio cuerpo la traicionara. Podía mantenerse cuerda durante el día, pero, cuando finalmente se quedaba dormida, él aparecía en sus sueños. Se despertaba varias veces durante la noche, excitada, ansiosa por sentir su tacto. Esos no eran los síntomas de una mujer que estaba olvidando a un hombre.
